Director General: Julio Alberto Rubio Pérez

QUERÍA MORIR BAILANDO, PERO LE DIO UN INFARTO Y FALLECIÓ EN EL AUTO CUANDO LO LLEVABAN AL HOPISTAL…

Oscar TreviñoJr. - 7 agosto, 2021

José Luis Treviño González, El Negrito Bailarín, soñaba con morir en un escenario cumbiero, como artista, pero su destino le cambió la jugada, se le paró el corazón en el carro de su vecino Miguel, mientras su afligida pareja Rafaela Dominguez Quintero trataba de reanimarlo, al dirigirse a toda velocidad en busca de ayuda al ISSSTE de Matamoros.

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José Luis Treviño González, El Negrito Bailarín, soñaba con morir en un escenario cumbiero, como artista, pero su destino le cambió la jugada, se le paró el corazón en el carro de su vecino Miguel, mientras su afligida pareja Rafaela Dominguez Quintero trataba de reanimarlo, al dirigirse a toda velocidad en busca de ayuda al ISSSTE de Matamoros.

Allá en Tampico, Tamaulipas de donde era originario, cuando el pequeñito Negrito Bailarín tenía 11 años de edad, Damaso Pérez Prado, El Rey del Mambo, al ver sus llamativos pasos en el escenario, en tanto el público palmeaba al ritmo de la canción y lanzaban monedas, le vaticinó en el micrófono:

“Este niño tiene madera de artista, será único”.

Conforme fue creciendo, El Negrito Bailarín, comenzó a tener su público por su guapachosa, pero cadenciosa forma de bailar, de allí que alternó con la inigualable Fannie Kauffman, Vitola; Yolanda Montes, Tongolele, entre muchas  figuras del espectáculo en nuestro país.

El Negrito Bailarín se vino a Matamoros, Tamaulipas en busca de una mejor vida y se dio cuenta que de fotógrafo, era  la única manera de colarse en los grandes escenarios, por eso aprendió el oficio, era común verlo con su equipo de trabajo, moviéndose siempre al ritmo de la música.

Por eso era común ver al Negrito Bailarín en las piñatas, fiestas, porque tomaba fotos en quinceañeras, bodas, bautizos, que luego las vendía, de esa forma comenzó a hacerse de un pequeño patrimonio, cuyo dinero metió al banco con la intención de comprarse una casita.

Cuando tenía poco más de 20 años ya establecido en Matamoros, El Negrito Bailarín conoció a María Luisa Méndez Montaño, de la que se hizo novio así como se estilaba antes, de visitas a las plazas, tomado de la mano, tomarse un helado, verse a los ojos y suspirar.

La relación prosperó entre María Luisa con El Negrito Bailarín, decidieron contraer matrimonio y la fue a pedir a casa de sus padres en Actopan, Hidalgo.

Luego regresaron a Matamoros, pero María Luis comenzó a entristecer y El Negrito Bailarín, noble como era, le preguntó:

-¿Qué te pasa mi cielo?

-Es que tengo que confesarte algo, que te oculté en el noviazgo. Sabes tengo cuatro hijos, o sea, dos varones y dos hembras y quiero que se vengan a vivir con nosotros.

-No te apures, ve por ellos, ten dinero y que se queden aquí con nosotros en nuestra casa, aquí en calle 23 y  Hojalateros número 1 de la colonia Obrera.

Con el paso de los años María Luisa falleció, los hijos alcanzaron la mayoría de edad se dispersaron, en tanto El Negrito Bailarín quedó solito en su casa pero seguía trabajando, la cerveza, el vino, el licor, nunca le faltó porque la gente con tal de que bailara le invitaba y le facilitaba todo.

La venta de fotografías era su negocio, la gente le compraba, hasta en ocasiones se topaba en la entrega de fotos donde había una fiesta y era hora del baile, de la cena, de la bebida, era un deleite recibir a El Negrito Bailarín, se rayaba la gente, era como tener un artista.

La influencia de El Negrito Bailarín se hizo más intensa, cuando Juan Alberto de la Cruz Meza, El Caballo, lo enseñó a bailar el pasito 2×2, sello de El Barrio de La Capilla.

Justamente con ese pasito 2×2 conoció a Isabel, con quien procreó dos hijos Juanita, profesionista y Luis Enrique, que ahora mismo reside en Houston, Texas, pero por el momento le es imposible llegar a Matamoros, porque anda de mojado.

Al paso de los años, El Negrito Bailarín volvió a sufrir, porque Isabel falleció, así sus penas las ahogaba en el baile, con pasito para allá, pasito para acá.

La gente veía al Negrito Bailarín, como el sinónimo del hombre feliz, siempre con la sonrisa a flor de boca, solo en contadas ocasiones confiaba sus problemas:

“Tiene Ángel, tiene don/tiene amigos de a montón/para el baile es un campeón…”.

Por eso en aquellos años, lo mismo se le podía ver en la Terraza Corona, en el casino Alianza, en los grandes bailes de la Casa del Pueblo del ejido 20 de noviembre, con su raza, sobre todo con los Grupos Mojado, Cariño, Alegría 83, Alegría de Corazón, porque Mundo Gómez de Bagdad le compuso la canción de El Negrito Bailarín, cuyo éxito rompió las barreras del idioma.

Por eso la rola de El Negrito Bailarín, aparte de pegar en la radio, la mayoría de los grupos la tocaba y se armaban los alborotos, cuando llegaba José Luis Treviño: “En el pueblo todas quieren bailar con él/su vida es el baile, es El Negrito Bailarín”.

Cuando en un evento de las Fiestas Mexicanas, El Negrito Bailarín fue aclamado como El Rey Feo, allí fue el acabose, los grupos le dedicaban grandes espacios a su rola, la gente se animaba y todo era como un carnaval, donde asomó José Luis Treviño, como aquel vaticinio de Pérez Prado: tiene mucha madera como artista.

Parte de los gringos panzones, vestidos de charros desfajados, con las caras coloradas de cerveza y tequila, lo identificaron como El Negrito que había bailado en Houston, en el Valle del Río Grande, en todo Texas y lo veneraron como un artista, como lo que era.

Ya para ese entonces, la vida disipada terminó, El Negrito Bailarín, dejó de beber alcohol y de fumar, aunque seguía frecuentando los antros, se convirtió en fumador pasivo, pero su carácter nunca cambió, alegre como siempre, hasta le entró con el grupo de Danzón, de los que bailaban en la plaza principal.

Por el año de 2013, Rafaela Domínguez Quintero, acudió a ver a los danzoneros en la plaza Hidalgo y allí vio al Negrito Bailarín, que con gracia sinigual era parte de la coreografía, una amiga mutua los presentó y ambos quedaron flechados.

De allí acordaron verse al otro día y así sucesivamente, en ningún momento se hablaron de noviazgo, solo que ambos estaban solos, necesitaban compañía y el plus: se adoraban, era el uno para el otro, por eso decidieron vivir juntos, sin papeles de por medio, por espacio de ocho años consecutivos se dieron cariño, allí en el barrio de la colonia Obrera y felices en los eventos y lugares a los que asistían:

-¿Mi negrita, me haces de comer chiles rellenos de carne molida?

-Si mi Negrito…

Como ambos estaban diabéticos, La Negrita hacía agua de frutas para la comida con su Negrito, luego seguían asistiendo a los bailes, sobre todo con los danzoneros, ambos con su ropa blanca blanca, él son su sombrerito, ella con su tocado rojo, deslizándose en la explanada con esa de:

“Juárez no debió de morir/ ay de morir/porque si Juárez no hubiera muerto/todavía viviría/ otro gallo cantaría/la Patria se salvaría/México sería Feliz/ay muy feliz…”.

El Negrito Bailarín tuvo la suerte de los gatos, 7 veces fue salvado de morir por su pareja La Negrita, la mayoría de las veces por un bajón de azúcar que estuvo cerca del colapso y del que por la rapidez de la atención médica lo estabilizaron.

Pero las fricciones se empezaron a dar entre El Negrito Bailarín porque defendía a su Negrita de los malos entendidos de sus hijos y nietos ya adultos de María Luisa Méndez.

Por eso La Negrita, para evitar discusiones entre los hijastros de su Negrito, decidió salir de la casa, vivir con un familiar, pero estar al pendiente de su Negrito, aunque algunas veces tenía que salir a su casa en Tampico.

Una de esas veces, El Negrito Bailarín le llamó por teléfono celular a su Negrita, para pedirle ayuda porque al salir del baño de su casa, se resbaló y se cayó lastimándose su cadera derecha:

-Negrita, ayúdame por favor, me caí al salir del baño y me duele mucho la cadera, ¿qué hago?

-Ay Negrito, mira, como puedas pídele ayuda al vecino, yo estoy en Tampico, pero ahorita mismo tomo el autobús para ir a verte

Arrastrándose El Negrito Bailarín, sin cortar su teléfono celular gritó pidiendo ayuda y se escuchó la voz del vecino, que lo auxilio, lo cubrió del cuerpo, lo traslado al ISSSTE para que recibiera atención médica. Solo así La Negrita colgó y se fue a la central camionera para regresar a Matamoros.

Hasta el día siguiente llegó La Negrita angustiada en taxi pirata al ISSSTE, para hacerse cargo de la situación, ambos regresaron a la casa en la colonia Obrera, donde lo apapachó, le cumplía los gustos hasta que recuperó la movilidad.

Por eso cuando El Negrito Bailarín salía al centro de la ciudad, en ocasiones se le veía con una andadera o con un bastón, de acuerdo con la intensidad que sentía del dolor, a veces iba acompañado con La Negrita, siempre con la sonrisa dibujada en su cara. Al mal tiempo, buena cara.

Un día, El Negrito Bailarín decidió ir con un abogado de Matamoros, para hacer su testamento, dejar su casa a favor de su primogénito Luis Enrique, para que se hiciera de un patrimonio cuando regresar de Houston, pero los hijos y nietos de su primera esposa María Luisa Méndez, lo rompieron, porque nada les dejó.

Vivía solo El Negrito Bailarín, pero La Negrita siempre estaba al pendiente por teléfono, por eso recibió la llamada la noche del 2 de agosto: Negrita, ven por favor…

La Negrita llegó a casa de su Negrito Bailarín, que estaba acostado en su camita, solo, sin familia, con los ojos hinchados de tanto llorar, ni había probado bocado:

-¿Qué te pasa mi Negrito?

-¡Quédate conmigo!, me siento mal…

Esa noche El Negrito Bailarín se negó a cenar, así acostado juntos en la cama, de nueva cuenta las lágrimas asomaron por sus mejillas:

-¿Te sientes mal, te llevó a la clínica?

La respiración de El Negrito Bailarín se hacía más agitada y le respondió:

-Sabes mi Negrita, te voy a tener que dejar. No quiero, pero me voy a tener que ir…

-¿Por qué Mi Negrito, ya no me quieres?

-Sabes que si…pero me voy a tener ir…

-Negrito no pienses en esas cosas, vamos a dormirnos y mañana Dios dirá.

Al otro día, el martes 3 de agosto, El Negrito Bailarín ni siquiera quiso café, solo estaba tranquilo acostadito, ni ganas le daban de levantarse, mucho menos de oír música, pero eso sí, su respiración se agitaba.

Pasado el mediodía, El Negrito Bailarín hacía grandes esfuerzos por respirar, por eso su Negrita, le dijo que lo iba a llevar a la clínica, salió de su casa allá en la colonia Obrera, le llamó a su vecino Miguel, al que le pidió de favor que le ayudara a llevarlo para que lo atendiera un médico.

Por las prisas, entre ambos cargaron al Negrito Bailarín y lo pusieron en el asiento trasero del carro, para que pudiera jalar aire de la mejor manera, en tanto Miguel nervioso en el volante, lo primero que hizo fue tomar el periférico para llegar más rápido a la clínica del ISSSTE, allá por la Canales, frente al Laguito.

Parecía a propósito que a pesar de la urgencia, los semáforos que les tocaban se ponían en rojo, ni cómo burlarlos, así que de pronto, ante las altas temperaturas que se sentían, El Negrito Bailarín cerró sus ojos y cesó la respiración agitada ante la mirada angustiada de su Negrita, así como el azoró de su vecino Miguel:

“Negrito…Negrito, ¿estás bien?, Dios Mío…

Rafaela Domínguez, La Negrita, estaba sentada en uno de los sillones de la antesala de la capilla 1 en la funeraria Escobedo, a la que le dimos nuestras condolencias y le preguntamos:

-Cuando El Negrito Bailarín falleció en el vehículo, al llegar a la clínica del ISSSTE, seguro fue un shock para usted, porque buscar la funeraria, los gastos de momento, avisar a la familia, debió ser muy duro.

-No, hace años, Mi Negrito contrató el paquete, yo lo acompañé, me dijo que para que no anduviera batallando –respondió con entereza La Negrita-, así que ya sabía yo lo que tenía qué hacer…

-¿Y qué hizo?

-Es que en urgencias del ISSSTE ya ni me recibieron a mi viejito, había fallecido, me dijeron los médicos que el certificado de defunción me lo llevarían a la Funeraria Escobedo, cuando les dije que allí lo iba a velar.

El Negrito Bailarín ya sin vida, recostado en el asiento trasero del vehículo, acompañado por su Negrita, por su vecino Miguel, se despidió de Matamoros, por sus calles y avenidas.

Miguel conducía intranquilo por la avenida Canales, temiendo que alguna patrulla de Tránsito Local lo detuviera, porque transportaba sin vida al Negrito Bailarín a pesar de que los médicos del ISSSTE, le dijeron que no se preocupara, que solo dijera que iba a la Funeraria Escobedo.

Esta vez, los semáforos le tocaron en verde a Miguel, por eso sin contratiempo, doble hacia la avenida República de Cuba, para luego tomar el estacionamiento sin problema, bajó La Negrita, para explicar que traía al Negrito Bailarín porque había fallecido de un paro cardíaco, y ya tenía la póliza de servicios fúnebres.

Se hicieron los preparativos sin problemas, tomando en cuenta que una de las empleadas de la Funeraria Escobedo, conocía al Negrito Bailarín por de ser su barrio.

La Negrita nos cuenta:

“A mi Negrito toda la gente lo conocía, en Veracruz, bailando los dos, lo reconocieron por los pasos. Figúrese que una vez que íbamos a Houston por carretera, se nos descompuso la camionetita y ahí tiene que se detuvo un vehículo, el conductor, que le pregunta:

-¿Qué te pasó Negrito, en qué te ayudo?

A pesar de su cubrebocas y sus anteojos, a La Negrita le brotaban tímidas lágrimas, cuando recordaba parte de la vida de su Negrito Bailarín.

-¿Desde hace cuánto tiempo que El Negrito Bailarín, ya no bailaba?

-Tal vez dos años, cuando se cayó y se lastimó la cadera…

-Pero ya ve que la última vez que lo entrevisté, llevaba bastón, lo hizo a un lado y quería arrancarse…

-Si –sonríe-, vi la entrevista que le hizo por Facebook en Revista Vertical, me causó gracia, así era mi Negrito, alegre, ustedes eran amigos, como lo era de muchos periodistas, músicos, funcionarios, alcaldes, gente que de pronto en los restaurantes sin conocer, nos pagaban la comida, la cena, lo halagaban delante de la gente y yo pues bien orgullosa de él…

“Dios es muy grande –me decía Mi Negrito-, Desde hace como 20 años ni fumaba, ni tomaba, pero claro ya se los había fumado todos, por eso a veces batallaba para respirar, pero era bien optimista, ahora está allá con Dios bailando, mientras su compadre Mundo Gómez, del Grupo Bagdad, le canta esa de: ligerito, suavecito, 2×2…”

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